Hacia rato que el sol se había puesto. Volvía por las calles iluminadas por tristes faroles colgados a varios metros por sobre el pavimento a unas largas columnas de troncos de madera pintados de blanco.
Durante el recorrido solo me crucé con unos pocos transeúntes que mantenían sus miradas pegadas al suelo de baldosas rectangulares. Algunos autos estaban estacionados sobre los costados de las calles, y de las casas no se desprendían rumores ni ruidos.
Iba vestido de negro y llevaba las manos guardadas en los bolsillos. Mi cabeza estaba protegida con un sombrero gris y el resto de mi cuerpo por un gabán de tela gruesa y negra que me evitaba sentir el frío que aseguraban iba a hacer a la noche en la radio.
Mientras caminaba pensaba en mi tía Roberta. Si bien no la había conocido demasiado sentía por ella un afecto verdadero, quizá por que me recordaba a mi difunta madre, quién fue su inseparable incluso mientras yo viajaba por Europa acompañando a mi maestro, el famoso psiquiatra Holz en sus seminarios y conferencias.
El entierro había sido emotivo pero asistieron pocas personas, entre ellas mis primas Juana y Fernanda, con quienes estuve charlando largo rato de nuestros ascendientes más directos de los cuales ya no quedaba ninguno con vida.
Por fin llegué a la puerta de mi casa e introduje la llave en la cerradura. La puerta se abrió y colgué mi gabán y el sombrero en el gancho de madera. Me senté en el sillón del living y procuré relajarme, había sido un día largo y cansador.
Prendí el televisor y miré una vieja película hasta que me quedé dormido allí mismo con la cabeza tirada hacía atrás. A las tres y cuarto de la mañana me despertó el llanto de un gato. Me dirigí a mi habitación y me acosté con la ropa que llevaba encima.
A medía mañana me desperté con un rayo de luz que se filtró por la persiana. Afortunadamente era sábado y no tenía que ir al consultorio, pero si recordé enseguida que había prometido a mis primas una visita a la casa de mi tía.
Me dí un baño, me vestí cómodamente y salí a la calle, aún hacia frío. Caminé con el sol detrás las ocho cuadras que me separaban de la calle Barrientos, en donde se encontraba la magnifica casa de mi difunta tía Roberta.
Toqué el timbre y enseguida salió Fernanda, quien atravesó el jardín delantero y abrió el portón de rejas verdes. Entré, y ella me dio un abrazo, juntos caminamos hasta la puerta de la casa.
Adentró todo parecía haberse quedado en el tiempo y los rayos de sol que entraban por las ventanas dejando en evidencia intensas nubes de polvo. Apareció Juana por una puerta que después supe conducía a la cocina.
Juana sabía de mi afición por los libros, con lo cual lo primero que hizo fue invitarme a ver la biblioteca de la planta alta. Durante la subida me contó que tenían un comprador para el caserón y que debían deshacerse de la mejor manera de todo lo que llenaba la casa, en un plazo ajustado, y que con el dinero tenían que pagar deudas a acreedores.
Al entrar en la habitación que hacía de salón de estudios me encontré con una vasta cantidad de libros antiguos que cubrían las paredes hasta el techo. Detrás nuestro entró Juana y entré los tres estuvimos haciendo una revisión superficial de los millares de volúmenes.
Decidimos que yo me llevaría la cantidad máxima de libros que podía albergar en mi casa, el resto lo venderíamos a un comprador de libros. De pronto recordé a un amigo bibliófilo que tenía, y que hacía tiempo no veía, y se lo referí a mis primas.
A ellas les pareció una idea “fantástica”, así que les prometí ocuparme del tema cuanto antes. Después recorrimos el resto de la casa. Me llamaron especialmente la atención los cuadros que adornaban varias de las salas. Me dijeron que elija algunos y así lo hice.
Más tarde tomamos un café en la cocina y seguimos nuestra conversación de la noche anterior. Mis primas afirmaban que mi tía había invitado a esa misma casa a grandes personalidades de la cultura, tanto argentinos como del extranjero.
Después la conversación se condujo por si sola a las infidelidades, de las cuales yo conocía algunos casos pero que me enteré de muchos más esa tarde. Al parecer había sido una común denominador en mi familia.
Por fin, cuando ya oscurecía volví caminando a mi casa y busqué en una vieja libreta telefónica el número de Fabricio, mi antiguo amigo bibliófilo, quién seguramente me asesoraría en cuanto a los libros de mi difunta tía.
Marqué el número y me atendió una mujer de avanzada edad, quién me dijo que Fabricio había salido, también me preguntó quién era yo y cuando le satisfice la curiosidad, se acordó de mí y me peguntó emocionada que era de mi vida. Por fin colgamos.
El domingo por la mañana me llamó Fabricio y acordamos una visita a la calle Barrientos para reconocer los libros. Al mediodía llegué a la puerta del caserón y allí estaba mi amigo de la adolescencia esperándome apoyado en el pilar del portón con las manos en su espalda y una sutil sonrisa en sus labios.
Nos dimos un abrazo y me encargué de tocar el timbre. Enseguida salió Juana, nos invitó a pasar y nos condujo a la biblioteca. Mi amigo al ver semejante espectáculo se quedó boquiabierto.
-Daniel, -me dijo- esto es impresionante, debe haber una fortuna acá.
Pensé que su pasión por los libros lo hacía exagerar, le pregunté:
-¿Estas seguro?
-Si, tendría que revisarlos, pero acá debe haber un dineral.
Le creí y juntos empezamos a revisar los libros tomo por tomo, mientras Fernanda nos preparó mate y cocinó para nosotros galletitas caseras. De pronto tomé un ejemplar cuya tapa parecía haber sido confeccionada artesanalmente. Se la mostré a Fabricio quién lo miró detenidamente y me dijo:
-Es un libro antiquísimo, no deben quedar muchos de estos. Es un tomo de un poema llamado Gilgamesh del editado en el siglo XI, una verdadera reliquia.
Los tres, mis primas y yo esperábamos ansiosos que el bibliófilo nos dijera un valor estimativo del tesoro. Finalmente habló:
-Tendría que hablar con un amigo librero de Londres para que me diga con mayor exactitud de que suma les pueden dar por el libro. Sin embargo me animo a decir que supera los quinientos mil pesos.
Mis primas saltaban de alegría y yo no me sentía menos contento. Más tarde mi amigo y yo abandonamos la casa y el tesoro quedó en manos de mis primas, quienes prometieron guardarlo en la caja de seguridad ubicada detrás de un cuadro de Quinquela Martín.
Yo me dirigí a mi casa, contento con el descubrimiento y me despedí de Fabricio en una esquina. Me prometió hablar con su amigo de Londres el día siguiente por la mañana. En mi casa me senté en mi sillón predilecto y tomé una novela de Dickens, cuyo nombre no recuerdo.
Pasé la tarde del domingo tratando de concentrarme en la lectura, pero mi ansiedad no me lo permitía. Pensaba: ¿en caso de venderse el libro que parte me correspondería a mí? El libro era de mis primas, pero yo había llevado a mi amigo, y fue él quien hizo el descubrimiento.
Por momentos estaba confiado en la solidez de mi relación con mis primas, y de pronto desanimado pensaba que hacía casi una década que no tenía contacto con ellas con excepción de los últimos días.
El lunes por la mañana me llamó Fabricio y me confirmó la suma. Me pedía un porcentaje de la venta: quería aproximadamente un veinticinco por ciento del total. Yo le dije que iba a hablar con mis primas y después lo llamaría.
Llamé a la casa de la calle Barrientos y me atendió Fernanda, me dijo casi llorando que el libro había desaparecido de la caja fuerte. Colgué y me dirigí rápidamente hacía el lugar del hecho.
Mis primas estaban ambas muy angustiadas y me mostraron la caja de seguridad abierta, las huellas de unos zapatos que se dirigían a un ventanal cuyo vidrio estaba roto. Traté de tranquilizarlas. Pero el sueño se había terminado y la posibilidad de una vida mejor se convertía en un imposible.
En esta situación mis primas padecerían de una situación económica sumamente estrecha. Mis primas empezaron a sugerirme que la responsabilidad del robo era mía, que mi amigo, el bibliófilo, había robado el volumen.
Llamé en ese inmediato instante a Fabricio y le conté lo sucedido. Me demostró un gran asombro por lo sucedido. Me pareció que era sincero o quizá era un excelente comediante y yo no lo sabía.
Pensé que había varias posibilidades, casi fantásticas, sobre el modo en que había sucedido el robo. Quizá mis primas para no compartir el dinero con terceros fingieron un autorobo o cabía la posibilidad que alguien se hubiera enterado del tesoro por medio de Fabricio, ya que yo (y creo que mis primas, recluidas como vivían tampoco) habíamos contado a nadie sobre el descubrimiento.
Una idea me rondaba en la cabeza, ¿sería conveniente avisar a la policía? Concluí en que no era una buena determinación, pero si se me ocurrió llamar a un detective cuyo aviso había visto casualmente en el diario.
Lo llamé inmediatamente y acordamos encontrarnos en un bar que yo solía frecuentar, a pocas cuadras de mi casa. Me dijo sus señas para que yo lo pudiera reconocer: me contó que era gordo y que estaba vestido de gris.
Entré al bar y ni bien miré a mi alrededor reconocí al detective, era realmente gordo y llevaba anteojos gruesos. Me senté frente a él y le estreché mi mano. Me pidió que le contara la historia del libro.
Le conté los acontecimientos desde el funeral de mi tía Roberta hasta la desaparición del valiosísimo ejemplar, sin olvidar de referir la intervención de Fabricio. Sánchez, así era el nombre del detective, me dijo con asombrosa seguridad:
-Quienes tienen en su poder el valioso ejemplar son sus primas, entre las dos planearon el simulacro de robo.
-¿Cómo puede estar tan seguro si ni siquiera habló con ellas, ni estuvo en la escena del hecho?
-Le doy veinticuatro horas para que usted se de cuenta por si mismo de cómo sucedieron las cosas. Si usted resuelve el enigma por si mismo no tiene que pagarme nada, de lo contrario llámeme y yo le esclareceré el asunto, pero de esta forma deberá usted pagarme una suma considerable. Adíos.
Sánchez se levantó y abandonó el bar moviéndose dificultosamente debido a su obesidad. Yo quedé perplejo, estaba sorprendido por las palabras del detective y no tenía la más pálida idea de cómo probar que mis primas habían fingido el robo, es más, no lo creía probable.
Miré mi reloj, tenía tiempo de averiguar lo sucedido hasta las tres de la tarde del día siguiente. Decidí empezar yendo a la casona donde vivían mis primas. Ni bien entré les conté que había hablado con un detective.
Ellas estaban sorprendidas o quizá solo querían esconder su nerviosismo. Les pedí que me mostraran la caja fuerte, a lo cual se mostraron bien predispuestas. La caja había sido violada, al parecer con un explosivo, pero mis primas me aseguraron que no habían escuchado detonación alguna, lo cual era bastante extraño.
Después observamos detenidamente las huellas de los zapatos, concluimos que eran zapatos de hombre, por su medida. El vidrio de la ventana había sido roto con una piedra que había sido arrojada, después del golpe a una maceta del jardín.
Confundido por pruebas que nada me aclaraban el panorama volví a mi casa caminando y reflexionando. Me pareció una buena idea hablar con Fabricio, quizás él pudiera ayudarme a aclarar las cosas.
Le conté absolutamente todo, incluyendo lo que había hablado con el detective y la visita al caserón. Le confesé que estaba totalmente confundido y le pedí encarecidamente que me dijera si había hablado con alguien sobre el libro. Me respondió que solo con su madre, colgué.
Me fui a dormir temprano prometiéndome que al día siguiente me levantaría al alba y solucionaría el misterio de una u otra forma. Pero esa mañana me quedé dormido y me levanté al mediodía, mis posibilidades eran casi nulas.
De pronto caí en la cuenta de algo que podía ser clave. Recordé que en mis años de adolescente la madre de Fabricio y mi madre se conocían bastante, y que en una ocasión mi tía Roberta había charlado durante una fiesta algunas palabras a cerca de unos valiosos cuadros con la madre de Fabricio.
Esta era comerciante de pinturas y mi tía Roberta deseaba vender unos valiosos cuadros. Todo esto se vino a mi mente como una absurda avalancha. Se me ocurrió una idea algo alocada pero sin embargo posible.
La madre de Fabricio al enterarse del caso del valioso libro se pudo haber comunicado con mis primas a través del teléfono de la casona(que tenía desde aquel entonces) y ofrecerse a vender el libro al librero ingles a cambio de un porcentaje menor al que ellas debían darme a mí o a Fabricio.
Para probar mi hipótesis me comuniqué con Fabricio y le conté lo que sospechaba. Le pedí que me dara el teléfono del inglés. Caminé hasta un locutorio y llamé a este último. Con mis conocimientos básicos del idioma anglosajón me entendió lo que yo le preguntaba y me confirmó mis sospechas al decirme que el libro se lo había vendido una señora mayor de Buenos Aires.
Estaba todo aclarado pero yo no podía hacer ningún reclamo por nada ya que al fin de cuentas el libro era de mis primas y ellas podían hacer con él lo que se les antojara. Pero si me sentí defraudado y ya nunca quise acercarme a ellas, quienes por otra parte no me llamaron. En cuanto a Sánchez le expliqué mi hipótesis y él me confesó que era concretamente la misma de él, al menos no debía pagarle absolutamente nada.
lunes, 6 de julio de 2009
miércoles, 10 de junio de 2009
Pepito
En ese entonces yo no era Pepe sino Pepito, el más pobre de los borregos que vivían en la pensión de la calle Italia. Mi tía María Agustina era mi tutora por orden de un juez desde que fallecieron mis padres de tifus. Mi tía padecía de una honda depresión y yo era quién se ocupaba de todo.
Era yo mismo quién por la enfermedad de mi tía iba a cobrar la pensión que le había dejado mi tío, un capitán de la marina muerto en alta mar. A veces cuando volvía de las oficinas donde me daban el dinero paraba en un puesto de panchos de la avenida y comía hasta tres.
Pero aunque niño sabía que el dinero era el justo para sobrevivir toda la semana. Así que volvía a la pensión por los caminos más seguros para no arriesgar a que me robaran el dinero. Subía al primer piso por unas escaleras de metal y abría la puerta de la casita, iba al cuarto de mi tía, quién estaba tumbada en la cama, la mayor parte de las veces llorando en silencio.
Le contaba que había cobrado la pensión y trataba de animarla por todos los medios posibles, pero era inútil. Una tarde en el tranvía escuché la conversación entre un médico y una señora. Esta le relataba que su esposo estaba sin trabajar, en cama y taciturno y deprimido, y el doctor le dijo que estaba enfermo y que tenía que tratarse.
Una tarde después de la escuela fui a un hospital de la avenida y le expliqué a una recepcionista el problema de mi tía. Tuve que esperar varias horas hasta que finalmente apareció un hombre de guardapolvo blanco: era el mismo del tranvía.
Me dijo ser psiquiatra y me acompañó hasta la pensión y habló largo rato con mi tía hasta que ella le prometió que se trataría, que asistiría dos veces a la semana a un tratamiento en el hospital. El médico me prometió que mi tía se pondría mejor en un tiempo no muy extenso.
Pasaron los meses y yo era quién le insistía para que vaya al hospital y finalmente lo conseguí. Empezó a cambiar su humor y se mostraba afectuosa conmigo y hablaba maravillas del doctor, de quién decía que además era muy guapo.
Llegó el verano y el doctor, mi tía y yo hacíamos largos paseos por el parque alrededor del lago. Reíamos y la pasábamos muy bien, el doctor me compraba dulces y mí tía lo miraba absorta, se estaba enamorando del buen hombre.
Finalmente meses después ambos se casaron y los tres nos fuimos a vivir a una casa con parque y me compraron ropa nueva, me cambiaron de escuela por una privada, donde yo aprendía ingles. El doctor era muy rico y hacía viajes al exterior a menudo. Éramos una familia feliz.
Cada tanto yo iba a visitar a mis amigos de la pensión, algunos de ellos me miraban con envidia cuando les contaba la casa en que vivía y otros detalles. No podían creer que yo hubiera dejado de ser el más pobre de todos para convertirme en un niño limpio, educado y mimado.
Era yo mismo quién por la enfermedad de mi tía iba a cobrar la pensión que le había dejado mi tío, un capitán de la marina muerto en alta mar. A veces cuando volvía de las oficinas donde me daban el dinero paraba en un puesto de panchos de la avenida y comía hasta tres.
Pero aunque niño sabía que el dinero era el justo para sobrevivir toda la semana. Así que volvía a la pensión por los caminos más seguros para no arriesgar a que me robaran el dinero. Subía al primer piso por unas escaleras de metal y abría la puerta de la casita, iba al cuarto de mi tía, quién estaba tumbada en la cama, la mayor parte de las veces llorando en silencio.
Le contaba que había cobrado la pensión y trataba de animarla por todos los medios posibles, pero era inútil. Una tarde en el tranvía escuché la conversación entre un médico y una señora. Esta le relataba que su esposo estaba sin trabajar, en cama y taciturno y deprimido, y el doctor le dijo que estaba enfermo y que tenía que tratarse.
Una tarde después de la escuela fui a un hospital de la avenida y le expliqué a una recepcionista el problema de mi tía. Tuve que esperar varias horas hasta que finalmente apareció un hombre de guardapolvo blanco: era el mismo del tranvía.
Me dijo ser psiquiatra y me acompañó hasta la pensión y habló largo rato con mi tía hasta que ella le prometió que se trataría, que asistiría dos veces a la semana a un tratamiento en el hospital. El médico me prometió que mi tía se pondría mejor en un tiempo no muy extenso.
Pasaron los meses y yo era quién le insistía para que vaya al hospital y finalmente lo conseguí. Empezó a cambiar su humor y se mostraba afectuosa conmigo y hablaba maravillas del doctor, de quién decía que además era muy guapo.
Llegó el verano y el doctor, mi tía y yo hacíamos largos paseos por el parque alrededor del lago. Reíamos y la pasábamos muy bien, el doctor me compraba dulces y mí tía lo miraba absorta, se estaba enamorando del buen hombre.
Finalmente meses después ambos se casaron y los tres nos fuimos a vivir a una casa con parque y me compraron ropa nueva, me cambiaron de escuela por una privada, donde yo aprendía ingles. El doctor era muy rico y hacía viajes al exterior a menudo. Éramos una familia feliz.
Cada tanto yo iba a visitar a mis amigos de la pensión, algunos de ellos me miraban con envidia cuando les contaba la casa en que vivía y otros detalles. No podían creer que yo hubiera dejado de ser el más pobre de todos para convertirme en un niño limpio, educado y mimado.
lunes, 25 de mayo de 2009
El monopolio
Mi padre al jubilarse me dejó como herencia un negocio de ferretería ubicado sobre la avenida comercial. Sobre esta avenida había todo tipo de locales de los rubros más diversos, pero ninguna ferretería, con lo cual todos en unas diez cuadras a la redonda acudían exclusivamente a mí cada vez que necesitaban algún artículo de ferretería.
Debo confesar que me aprovechaba de esta situación subiendo a veces consideradamente el precio de lo que vendía. Pero nadie nunca vino a reprocharme nada y yo seguía acumulando riqueza.
Tuve la idea de tomar un empleado con quién compartir el trabajo de atención al público y así lo hice. Mi esposa conocía a una anciana del barrio que tenía un nieto que apenas había salido del colegio y me lo mandó a la ferretería.
Estuvimos charlando y acordamos que estaría dos días de prueba, el joven se llamaba Agustín y era alto, flaco y tenía el pelo rojizo, además era tímido y respetuoso. Los dos primeros días llegó a la mañana antes que yo al local, era callado pero tenía buen trato con los clientes.
Lo incorporé definitivamente al trabajo después de acordar una paga. Al verlo tan reservado se me ocurrió contarle que los precios estaban inflados pero nadie se había percatado, necesitaba poderosamente contarselo a alguien.
Cometí un grave error, a Agustín se le ocurrió contarle el secreto a su abuela y de ahí en más se empezó a correr el rumor de que yo era un chanta. Hasta mi mujer se enteró y me preguntó seriamente si lo que se decía era verdad.
Yo, en ese preciso momento, decidí desmentir a mi propia esposa sobre algo que era muy cierto y ella pareció no creerme pero no insistió con las preguntas. Al día siguiente, lunes, llegué al local y me esperaba Agustín.
Entramos pero dejé la puerta cerrada por dentro, quería hablar con mi empleado. Sin demasiadas vueltas me confesó que le había contado a su abuela lo de los precios inflados, pero que nunca imaginó que el secreto se convirtiera en rumor generalizado.
Cuestión que acordamos luchar contra lo que se decía por ahí desmintiendo los dos. Pocas semanas después el plan había dado resultado y la clientela volvió a comprar como de costumbre.
Ahí fue cuando se instaló una ferretería sobre la misma avenida a solo tres cuadras de distancia de la mía lo que provocó mi ruina en solo tres meses. Vendí el local y puse una tintorería.
Debo confesar que me aprovechaba de esta situación subiendo a veces consideradamente el precio de lo que vendía. Pero nadie nunca vino a reprocharme nada y yo seguía acumulando riqueza.
Tuve la idea de tomar un empleado con quién compartir el trabajo de atención al público y así lo hice. Mi esposa conocía a una anciana del barrio que tenía un nieto que apenas había salido del colegio y me lo mandó a la ferretería.
Estuvimos charlando y acordamos que estaría dos días de prueba, el joven se llamaba Agustín y era alto, flaco y tenía el pelo rojizo, además era tímido y respetuoso. Los dos primeros días llegó a la mañana antes que yo al local, era callado pero tenía buen trato con los clientes.
Lo incorporé definitivamente al trabajo después de acordar una paga. Al verlo tan reservado se me ocurrió contarle que los precios estaban inflados pero nadie se había percatado, necesitaba poderosamente contarselo a alguien.
Cometí un grave error, a Agustín se le ocurrió contarle el secreto a su abuela y de ahí en más se empezó a correr el rumor de que yo era un chanta. Hasta mi mujer se enteró y me preguntó seriamente si lo que se decía era verdad.
Yo, en ese preciso momento, decidí desmentir a mi propia esposa sobre algo que era muy cierto y ella pareció no creerme pero no insistió con las preguntas. Al día siguiente, lunes, llegué al local y me esperaba Agustín.
Entramos pero dejé la puerta cerrada por dentro, quería hablar con mi empleado. Sin demasiadas vueltas me confesó que le había contado a su abuela lo de los precios inflados, pero que nunca imaginó que el secreto se convirtiera en rumor generalizado.
Cuestión que acordamos luchar contra lo que se decía por ahí desmintiendo los dos. Pocas semanas después el plan había dado resultado y la clientela volvió a comprar como de costumbre.
Ahí fue cuando se instaló una ferretería sobre la misma avenida a solo tres cuadras de distancia de la mía lo que provocó mi ruina en solo tres meses. Vendí el local y puse una tintorería.
sábado, 7 de junio de 2008
¿Qué es para mi un documental? (Borrador)
Si pienso en la palabra documental no puedo evitar hacer referencia a la palabra madre de aquella: “documento”. Un documental es un cúmulo de información recogida de una realidad concreta. Y en aquella esta siempre impresa la subjetividad del autor. Esta realidad o tema puede ir desde el comportamiento del cóndor andino hasta el conjunto de documentos que explican un periodo histórico. Si bien, el caso del cóndor o cualquier otro tema de la naturaleza que excluye al hombre, es aparentemente ajeno a la subjetividad, esto no es así ya que igualmente, el realizador del documental elige que mostrar y que decir y no decir, y como enfocar los hechos.El documental puede tener un soporte visual y/o auditivo, y además realiza la función benemérita de informar.
jueves, 5 de junio de 2008
Sally en peligro
Esa tarde de invierno me quedé después de hora para terminar una presentación que debía entregar, al día siguiente, a unos clientes extranjeros. Cuando salí a la calle ya era de noche y las veredas estaban casi vacías.
Recuerdo que caminé luchando contra el viento que soplaba en dirección contraría a mí. La calle iba en pendiente hacía abajo y a lo lejos veía el puerto, y el río oscuro e inquieto. Seguí caminando hasta llegar a la cuadra donde estaba mi casa, y mi esposa.
Veinte metros antes de llegar escuché un alarido que heló mi sangre más de lo que estaba. Apuré el paso y abrí la puerta principal, seguramente mi Sally estaría en peligro: no había tiempo que perder. En el vestíbulo no había nada fuera de lo normal, todo estaba en su lugar. Los platos comprados en Munich inmóviles en la pared, el sobretodo de Sally colgado en el perchero y a un costado, la silla de mimbre.
Tenía frente a mí las escaleras que conducían a la planta alta y el pasillo angosto que daba a la cocina y al comedor. Me decidí por las escaleras, tenía la intuición de que Sally estaba arriba. Saltando de dos en dos los escalones llegué rápidamente al espacio central del primer piso.
Las tres puertas estaban, extrañamente, cerradas. Abrí la primera, que daba a nuestro dormitorio, y me encontré la ropa de los placares en el suelo, pero no ví a Sally. Volví sobre mis pasos y esta vez me dirigí, llevándome por delante la puerta, a la sala donde tengo mi escritorio y la biblioteca de mi esposa repleta de libros. Allí todo estaba tranquilo, nada fuera de lo normal.
Por último fui al baño y me encontré con que el espejo estaba roto. Corrí la cortina de plástico de la bañera y nada. Bajé las escaleras y estuve a punto de resbalar. El pasillo se me hizo interminable y finalmente llegué a la cocina y noté enseguida que uno de los cuchillos que tendrían que haber estado colgados sobre la pileta faltaba. Una angustia profunda se apoderó de mí. Pensé lo peor, pero tuve la idea de tomar uno de los cuchillos que quedaban.
Caminé casi desprovisto de esperanzas hacia el comedor y el cuadro que ví me espantó. Mi Sally estaba apresada por un hombre de ojos llenos de furia, y el filo del cuchillo que este sostenía rozaba el blanco cuello de mi amada.
En un arranque de recuerdos instintivos arrojé con fuerza mi cuchillo que dio en el hombro del mal viviente. Sally se pudo liberar, sin salir lastimada y corrió hacia mí. Yo tomé el cuchillo que aquel dejó caer y se lo clavé sin “anestesia” en el pecho. El sujeto se desvaneció y un río de sangre se derramó por su cuerpo.
Cuando vi que Sally estaba a salvo le confesé que antes de conocernos yo fui muy pobre y me ganaba la vida en un circo arrojando cuchillos a una compañera y que nunca había fallado. Ella entendió como había tenido la audacia y la precisión necesarias para hacer lo que había echo.
Así fue, señor juez, cómo sucedieron las cosas.
Recuerdo que caminé luchando contra el viento que soplaba en dirección contraría a mí. La calle iba en pendiente hacía abajo y a lo lejos veía el puerto, y el río oscuro e inquieto. Seguí caminando hasta llegar a la cuadra donde estaba mi casa, y mi esposa.
Veinte metros antes de llegar escuché un alarido que heló mi sangre más de lo que estaba. Apuré el paso y abrí la puerta principal, seguramente mi Sally estaría en peligro: no había tiempo que perder. En el vestíbulo no había nada fuera de lo normal, todo estaba en su lugar. Los platos comprados en Munich inmóviles en la pared, el sobretodo de Sally colgado en el perchero y a un costado, la silla de mimbre.
Tenía frente a mí las escaleras que conducían a la planta alta y el pasillo angosto que daba a la cocina y al comedor. Me decidí por las escaleras, tenía la intuición de que Sally estaba arriba. Saltando de dos en dos los escalones llegué rápidamente al espacio central del primer piso.
Las tres puertas estaban, extrañamente, cerradas. Abrí la primera, que daba a nuestro dormitorio, y me encontré la ropa de los placares en el suelo, pero no ví a Sally. Volví sobre mis pasos y esta vez me dirigí, llevándome por delante la puerta, a la sala donde tengo mi escritorio y la biblioteca de mi esposa repleta de libros. Allí todo estaba tranquilo, nada fuera de lo normal.
Por último fui al baño y me encontré con que el espejo estaba roto. Corrí la cortina de plástico de la bañera y nada. Bajé las escaleras y estuve a punto de resbalar. El pasillo se me hizo interminable y finalmente llegué a la cocina y noté enseguida que uno de los cuchillos que tendrían que haber estado colgados sobre la pileta faltaba. Una angustia profunda se apoderó de mí. Pensé lo peor, pero tuve la idea de tomar uno de los cuchillos que quedaban.
Caminé casi desprovisto de esperanzas hacia el comedor y el cuadro que ví me espantó. Mi Sally estaba apresada por un hombre de ojos llenos de furia, y el filo del cuchillo que este sostenía rozaba el blanco cuello de mi amada.
En un arranque de recuerdos instintivos arrojé con fuerza mi cuchillo que dio en el hombro del mal viviente. Sally se pudo liberar, sin salir lastimada y corrió hacia mí. Yo tomé el cuchillo que aquel dejó caer y se lo clavé sin “anestesia” en el pecho. El sujeto se desvaneció y un río de sangre se derramó por su cuerpo.
Cuando vi que Sally estaba a salvo le confesé que antes de conocernos yo fui muy pobre y me ganaba la vida en un circo arrojando cuchillos a una compañera y que nunca había fallado. Ella entendió como había tenido la audacia y la precisión necesarias para hacer lo que había echo.
Así fue, señor juez, cómo sucedieron las cosas.
Historia de José
José vive en Hurlingham desde que yo tengo memoria, a pesar de eso no recuerdo cuando oí hablar de él, ni cuando lo vi, por primera vez. José es parte de la ciudad, no podría separar una cosa de la otra.
Nunca hablé con él, ni se con certeza cual es su historia, ni como llegó a ser lo que es. Muchas veces me contaron versiones sobre su vida que se contradicen considerablemente.
Solo se que cuando camino o salgo con el auto hay una gran probabilidad de que me lo cruce. Su figura gris, su sombrero raído y su barba descuidada que le llega al pecho lo hacen inconfundible.
Siempre camina a pasos cortos y con la espalda inclinada hacía adelante. Recorre las calles, examinando cada cesto de basura que encuentra. Los escolares lo saludan y él como si estuviera en su mundo tarda en levantar la mano y no pronuncia ninguna palabra.
La gente siente cariño por él y el que lo ve, siempre lo comenta con aire de importancia a sus familiares y amigos.
Recuerdo que cuando iba a la secundaría me contaron que José tenía una casita humilde en una ubicación favorable. Nunca me acerqué hasta el lugar pero enseguida me sorprendió que tuviera un domicilio y una propiedad, y que hiciera esa vida.
A veces hago una reconstrucción mental de cómo podría haber sido su pasado. Quizás fue hijo de padres de clase media capaces de haberle dado una educación promisoria. Posiblemente tuvo hermanos que murieron cuando él era aún joven.
Quién sabe si no se casó y tuvo una hermosa familia, y su esposa lo dejó y sus hijos partieron a tierras lejanas. Tal vez tuvo un trabajo bien pago en una empresa multinacional.
Me gustaría saber si eligió la vida que hace o las circunstancias lo llevaron a ella sin otras opciones. José es para mí una gran incógnita.
Mi nombre completo es José Armando Filetti y nací el 5 de mayo de 1924. Recuerdo que cuando mi madre dio a luz, en una habitacioncita de una pensión con mayoría de huéspedes de origen italiano, mi padre había salido a formar parte de una manifestación contra el presidente de turno.
Mis años de pequeñuelo los pasé yendo a una escuela pública del barrio y jugando a la pelota con mis amigos de la cuadra en un pasaje porteño y soñando con jugar en Alumni.
Cuando crecí un poco más me compré una bicicleta con lo que juntaba haciendo mandados a las vecinas. Con esa adquisición conseguí un trabajo como canillita. Me levantaba cuando aún no había amanecido y repartía los periódicos antes de ir a la escuela.
Después conocí a mi único amor: María Filomena. Con ella me casé y tuve tres hijos: Alberto, Gonzalo y Filomena, como su madre. Conseguí una colocación en la aduana y mi economía fue prosperando.
Compramos una casa en Devoto, además de un terreno en Hurlingham para tener una quinta de fin de semana. Mis hermanos volvieron al pueblo napolitano en donde habían nacido mis padres.
Pero una amarga enfermedad terminó con la vida de mi esposa. Mi salud mental fue empeorando y a pesar de los esfuerzos de los médicos no pude seguir trabajando. Me endeudé y perdí mi casa. Mis hijos aún pequeños no podían estar a mi cargo, así que los subí a un barco con destino a Italia.
Por un tiempo mantuve correspondencia con ellos, pero esta se fue dilatando y hace ya mucho que no recibo una carta.
Ahora vivo en una casita que construí en el terreno de Hurlingham. Desde la mañana a la tarde deambulo por las calles juntando lo que puedo, y lo vendo para poder comer. La municipalidad, por pedido de los vecinos tuvo piedad de mí y no me molesta con los impuestos, pero a cambio mi casa va a quedar en sus manos cuando yo muera.
En invierno paso frío, no son suficientes las dos mantas con las que me tapo. Aquel se cuela por las hendiduras de la pared de madera. Desde que vivo aquí tuve tres perros como compañía que fueron muriendo de viejos.
En los negocios de comida me regalan alguna sobra. Prendo un fueguito y con una olla abollada cocino mi comida.
Sé que la gente me reconoce y habla de mí, pero no tengo amigos y hace largos años que no me detengo a hablar con nadie. A esta altura no se si soy capaz de pronunciar alguna palabra, pero eso ya no me importa.
Espero el día en que el sueño se haga eterno, pero me voy de este mundo sin rencores. Al contrario he vivido cosas hermosas.
Nunca hablé con él, ni se con certeza cual es su historia, ni como llegó a ser lo que es. Muchas veces me contaron versiones sobre su vida que se contradicen considerablemente.
Solo se que cuando camino o salgo con el auto hay una gran probabilidad de que me lo cruce. Su figura gris, su sombrero raído y su barba descuidada que le llega al pecho lo hacen inconfundible.
Siempre camina a pasos cortos y con la espalda inclinada hacía adelante. Recorre las calles, examinando cada cesto de basura que encuentra. Los escolares lo saludan y él como si estuviera en su mundo tarda en levantar la mano y no pronuncia ninguna palabra.
La gente siente cariño por él y el que lo ve, siempre lo comenta con aire de importancia a sus familiares y amigos.
Recuerdo que cuando iba a la secundaría me contaron que José tenía una casita humilde en una ubicación favorable. Nunca me acerqué hasta el lugar pero enseguida me sorprendió que tuviera un domicilio y una propiedad, y que hiciera esa vida.
A veces hago una reconstrucción mental de cómo podría haber sido su pasado. Quizás fue hijo de padres de clase media capaces de haberle dado una educación promisoria. Posiblemente tuvo hermanos que murieron cuando él era aún joven.
Quién sabe si no se casó y tuvo una hermosa familia, y su esposa lo dejó y sus hijos partieron a tierras lejanas. Tal vez tuvo un trabajo bien pago en una empresa multinacional.
Me gustaría saber si eligió la vida que hace o las circunstancias lo llevaron a ella sin otras opciones. José es para mí una gran incógnita.
Mi nombre completo es José Armando Filetti y nací el 5 de mayo de 1924. Recuerdo que cuando mi madre dio a luz, en una habitacioncita de una pensión con mayoría de huéspedes de origen italiano, mi padre había salido a formar parte de una manifestación contra el presidente de turno.
Mis años de pequeñuelo los pasé yendo a una escuela pública del barrio y jugando a la pelota con mis amigos de la cuadra en un pasaje porteño y soñando con jugar en Alumni.
Cuando crecí un poco más me compré una bicicleta con lo que juntaba haciendo mandados a las vecinas. Con esa adquisición conseguí un trabajo como canillita. Me levantaba cuando aún no había amanecido y repartía los periódicos antes de ir a la escuela.
Después conocí a mi único amor: María Filomena. Con ella me casé y tuve tres hijos: Alberto, Gonzalo y Filomena, como su madre. Conseguí una colocación en la aduana y mi economía fue prosperando.
Compramos una casa en Devoto, además de un terreno en Hurlingham para tener una quinta de fin de semana. Mis hermanos volvieron al pueblo napolitano en donde habían nacido mis padres.
Pero una amarga enfermedad terminó con la vida de mi esposa. Mi salud mental fue empeorando y a pesar de los esfuerzos de los médicos no pude seguir trabajando. Me endeudé y perdí mi casa. Mis hijos aún pequeños no podían estar a mi cargo, así que los subí a un barco con destino a Italia.
Por un tiempo mantuve correspondencia con ellos, pero esta se fue dilatando y hace ya mucho que no recibo una carta.
Ahora vivo en una casita que construí en el terreno de Hurlingham. Desde la mañana a la tarde deambulo por las calles juntando lo que puedo, y lo vendo para poder comer. La municipalidad, por pedido de los vecinos tuvo piedad de mí y no me molesta con los impuestos, pero a cambio mi casa va a quedar en sus manos cuando yo muera.
En invierno paso frío, no son suficientes las dos mantas con las que me tapo. Aquel se cuela por las hendiduras de la pared de madera. Desde que vivo aquí tuve tres perros como compañía que fueron muriendo de viejos.
En los negocios de comida me regalan alguna sobra. Prendo un fueguito y con una olla abollada cocino mi comida.
Sé que la gente me reconoce y habla de mí, pero no tengo amigos y hace largos años que no me detengo a hablar con nadie. A esta altura no se si soy capaz de pronunciar alguna palabra, pero eso ya no me importa.
Espero el día en que el sueño se haga eterno, pero me voy de este mundo sin rencores. Al contrario he vivido cosas hermosas.
miércoles, 14 de mayo de 2008
Los mendigos al rescate
Desde el campanario de la Iglesia de San Lucas se tenía un panorama privilegiado. Debajo, en lo inmediato, un hormiguero humano, desperdigado y movedizo cubría la plaza recién refaccionada por el Consejo Administrativo de la ciudad.
A la izquierda se veía el mercado, repleto de puestos de las más variadas mercancías. Del otro lado de la plaza, una ancha e interminable escalera con una pendiente de pocos grados llevaba a una fuente circular de ámplio diámetro, con una estatua de mármol blanco de un guerrero antiguo y desconocido para la mayoría, en el centro.
Si uno alzaba la vista un poco, se encontraba con el río atravesado por cuantiosos puentes con barandas esculpidas y no muy anchos, dispuestos en arcada. Y detrás, el barrio humilde sembrado de grandes casas con techos de tejas rojas, donde sus habitantes vivían casi apiñados. Por el cielo, pintado de manchas blancas, volaban grupos de aves del mismo color, en V.
En las escaleras para ingresar a la Iglesia se juntaba una comunidad de mendigos de asistencia perfecta, cuyos miembros eran siempre los mismos. Allí esperaban sentados a que los paseantes y devotos les obsequiasen una moneda al pasar.
Con su voz lastimosa y su aspecto zarrapastroso conseguían persuadir a la mayoría. A veces se generaban disputas por los lugares estratégicos. Entre esos personajes grises se encontraba Francisca, una mujer de avanzada edad que solía rondar los alrededores a cualquier hora del día y de la noche.
Francisca estaba sola en el mundo y no tenía un hogar fijo. Cuando juntaba dinero se iba a la pensión de un semita, una de las más baratas de la ciudad. Pasaba allí la noche y aprovechaba para descansar al máximo, porque no sabía cuanto tiempo iba a pasar hasta que tuviera debajo de su cuerpo algo blando donde reposar.
Las escaleras, las columnas y las paredes exteriores al edificio religioso eran de una dureza marmórea, que sumadas al frió castigaban los músculos y hacían doler los huesos hasta sentirse uno molido.
Había noches en las cuales Francisca ni siquiera dormía, deambulaba por las calles, cruzaba una y otra vez los puentes sin un destino fijo ni un objetivo consciente. Del otro lado del rió, en los barrios más pobres, Francisca era muy conocida por los vecinos que si bien eran pobres, no lo eran tanto como ella y le daban alguna cosa para comer.
La anciana se había criado y había vivido en ese barrio hasta que quedo viuda y perdió sus habitaciones, al ser estafada por unos prestamistas de absoluta insensibilidad. Como tuvo un solo hijo, el cual falleció de una extraña enfermedad, quedó sola en la vida.
Entre los mendigos encontró una familia sustituta, desamparada como ella, que no le podía servir de sostén material, pero que la hacía sentir menos sola en la triste suerte que le había tocado. Entre esta reinaba el respeto y el compañerismo, y se ayudaban mutuamente con lo que no tenían.
Entre todos, con quién tenía una amistad más estrecha era con Julio, hombre pobre y viejo al igual que ella, capaz de una honestidad y una probidad extremas, y además un compañero fiel que velaba por Francisca en todo lo que podía. La comunidad estaba además integrada por otros compañeros, casi todos de edades avanzadas. Eran personas sencillas con historias, en su mayoría, desgraciadas. La mayoría, mujeres habladoras y pendecieras en exceso.
Una noche triste como otras tantas, Francisca y Julio estaban sin hacer nada, como de costumbre, en uno de los puentes, apoyados contra la baranda, cuando se desató una tormenta apabuyadora. Los dos corrieron a resguardarse debajo del alero de un edificio municipal ubicado en una calle lindera, paralela al rio.
De pronto vieron pasar corriendo a dos hombres de aspecto similar al que se veía en las tabernas y prostibulos clandestinos de la parte más pobre y peligrosa de la ciudad. Uno de los sujetos llevaba en sus brazos a un niño de poca edad que lloraba desesperado al ver que lo quitaban de al lado de su madre.
A lo lejos, en dirección contraria a la que se dirigían los secuestradores, llegaban, entre la niebla y la lluvía, efectivamente, los gritos de una mujer sumida en un ataque de nervios. Francisca y su compañero, con impotencia vieron alejarse y desaparecer a los hombres en la densa oscuridad del barrio bajo. Despues cruzaron el puente, el mismo a donde habían estado ellos charlando hacía pocos minutos.
Los dos mendigos se trasladaron en dirección a los gritos y encontraron a la mujer llorando de rodillas contra una pared. Momentos despues apareció un policia que estaba rondando la zona en ese momento, algunos vecinos oyeron los gritos y se asomaron por las puertas y ventanas de sus casas. El oficial interrogó a la victima, quién relató, más calmada, a los presentes lo siguiente:
-Volvía a mi casa con mi hijo, despues de pasarlo a buscar por la casa de mi madre. Venía del restaurante, en que trabajo. Se me hizo tarde, hoy los clientes se quedaron más de lo acostumbrado.
El policía iba tomando nota en un cuadernillo a una velocidad impresionante. Francisca y Julio oían atentamente. La mujer continuó entre sollozos:
-Ibamos de la mano hablando sobre como había pasado el tiempo en casa de mi madre y de repente, sin haber yo escuchado a nadie lo toman y se lo llevan. ¿Cómo voy a recuperarlo? Digame oficial. Por favor.
-Vamos a hacer todo lo posible, señora. La invito a acompañarme a la comisaría para hacer la denúncia. –respondió con calma el oficial y juntos se alejaron por una calle transversal.
Los dos mendigos se quedaron haciendo comentarios con los vecinos y concluyeron en que iban a hacer lo posible para ayudar a la pobre mujer.
Al día siguiente pasaron la mañana en la Iglesia de San Lucas y a la tarde cruzaron el río para preguntar a los habitantes de aquel barrio si sabían algo del niño robado. La mayoría de los conocidos de Francisca habían oido la noticia del secuestro pero no sabían nada sobre el paradero de la criatura robada ni de los secuestradores.
El último en ser interrogado, el dueño de una taberna de reputación sospechosa, dijo haber escuchado segmentos de una conversación entre dos hombres de aspecto criminal.
-Hablaban de secuestrar a una “criatura”. Yo pensé, estos hombres o tomaron antes de venir o no estan bien de la cabeza. Ahora todo me cierra, se referían al chiquillo. Si, querían pedir dinero a cambio, veintemil, treintamil pesos, no me acuerdo.
Los dos mendigos fueron a la puerta de la Iglesia de San Lucas y pidieron colaboración al resto de la comunidad de semejantes. La respuesta fue instantánea y unánime, acordaron ayudar a la madre a partir de ese momento.
Un muchacho, vendedor de la gaceta local, vociferaba acerca de la noticia. Por otra parte el Consejo Ádministrativo de la ciudad había divulgado que tenía planeado realizar una busqueda minuciosa por todos los rincones de la ciudad, a pesar de ser esto casí imposible, teniendo en cuenta el reducido número de oficiales que tenían en servicio.
La puerta de la Iglesia se convirtió en el centro de comando de la investigación montada precariamente, aunque con grandes posibilidades de éxito, por los mendigos. Cada uno que llegaba al lugar traía algun rumor de procedencia dudosa, pero que se escuchaba con celosa atención.
Así, se iban formando conjeturas y se proponían lineas de investigación. Los mendigos tenían una ventaja sustancial sobre el Consejo y sus oficiales: conocían el barrio pobre como ninguno de aquellos. Investigando, dieron por fin con el dato, casí seguro, de la ubicación de la guarida de los secuestradores.
Informaron inmediatamente al Consejo y este no tuvo más que rescatar al chiquillo. Así el credito fue para el Consejo. La gaceta claramente oficialista obvió por completo el papel de los mendigos. El redito pólitico fue determinante en el futuro de la ciudad.
En un acto público en la plaza de la Iglesia, el Consejo fue aplaudido frente a una mayoría de clase acomodada de esa parte de la ciudad y se pasó por alto la importancia de la ayuda de los mendigos, una vez más.
Tan solo la madre del niño, al ser visitada por Francisca y su compañero, supo como se había llegado a rescatar a su hijo. Ese día la puerta de la Iglesía de San Lucas estaba más silenciosa y desconcertada que nunca porque si bien habían ayudado a encontrar al niño, el rédito dado al consejo injustamente fue utilizado con fines póliticos poco transparentes.
A la izquierda se veía el mercado, repleto de puestos de las más variadas mercancías. Del otro lado de la plaza, una ancha e interminable escalera con una pendiente de pocos grados llevaba a una fuente circular de ámplio diámetro, con una estatua de mármol blanco de un guerrero antiguo y desconocido para la mayoría, en el centro.
Si uno alzaba la vista un poco, se encontraba con el río atravesado por cuantiosos puentes con barandas esculpidas y no muy anchos, dispuestos en arcada. Y detrás, el barrio humilde sembrado de grandes casas con techos de tejas rojas, donde sus habitantes vivían casi apiñados. Por el cielo, pintado de manchas blancas, volaban grupos de aves del mismo color, en V.
En las escaleras para ingresar a la Iglesia se juntaba una comunidad de mendigos de asistencia perfecta, cuyos miembros eran siempre los mismos. Allí esperaban sentados a que los paseantes y devotos les obsequiasen una moneda al pasar.
Con su voz lastimosa y su aspecto zarrapastroso conseguían persuadir a la mayoría. A veces se generaban disputas por los lugares estratégicos. Entre esos personajes grises se encontraba Francisca, una mujer de avanzada edad que solía rondar los alrededores a cualquier hora del día y de la noche.
Francisca estaba sola en el mundo y no tenía un hogar fijo. Cuando juntaba dinero se iba a la pensión de un semita, una de las más baratas de la ciudad. Pasaba allí la noche y aprovechaba para descansar al máximo, porque no sabía cuanto tiempo iba a pasar hasta que tuviera debajo de su cuerpo algo blando donde reposar.
Las escaleras, las columnas y las paredes exteriores al edificio religioso eran de una dureza marmórea, que sumadas al frió castigaban los músculos y hacían doler los huesos hasta sentirse uno molido.
Había noches en las cuales Francisca ni siquiera dormía, deambulaba por las calles, cruzaba una y otra vez los puentes sin un destino fijo ni un objetivo consciente. Del otro lado del rió, en los barrios más pobres, Francisca era muy conocida por los vecinos que si bien eran pobres, no lo eran tanto como ella y le daban alguna cosa para comer.
La anciana se había criado y había vivido en ese barrio hasta que quedo viuda y perdió sus habitaciones, al ser estafada por unos prestamistas de absoluta insensibilidad. Como tuvo un solo hijo, el cual falleció de una extraña enfermedad, quedó sola en la vida.
Entre los mendigos encontró una familia sustituta, desamparada como ella, que no le podía servir de sostén material, pero que la hacía sentir menos sola en la triste suerte que le había tocado. Entre esta reinaba el respeto y el compañerismo, y se ayudaban mutuamente con lo que no tenían.
Entre todos, con quién tenía una amistad más estrecha era con Julio, hombre pobre y viejo al igual que ella, capaz de una honestidad y una probidad extremas, y además un compañero fiel que velaba por Francisca en todo lo que podía. La comunidad estaba además integrada por otros compañeros, casi todos de edades avanzadas. Eran personas sencillas con historias, en su mayoría, desgraciadas. La mayoría, mujeres habladoras y pendecieras en exceso.
Una noche triste como otras tantas, Francisca y Julio estaban sin hacer nada, como de costumbre, en uno de los puentes, apoyados contra la baranda, cuando se desató una tormenta apabuyadora. Los dos corrieron a resguardarse debajo del alero de un edificio municipal ubicado en una calle lindera, paralela al rio.
De pronto vieron pasar corriendo a dos hombres de aspecto similar al que se veía en las tabernas y prostibulos clandestinos de la parte más pobre y peligrosa de la ciudad. Uno de los sujetos llevaba en sus brazos a un niño de poca edad que lloraba desesperado al ver que lo quitaban de al lado de su madre.
A lo lejos, en dirección contraria a la que se dirigían los secuestradores, llegaban, entre la niebla y la lluvía, efectivamente, los gritos de una mujer sumida en un ataque de nervios. Francisca y su compañero, con impotencia vieron alejarse y desaparecer a los hombres en la densa oscuridad del barrio bajo. Despues cruzaron el puente, el mismo a donde habían estado ellos charlando hacía pocos minutos.
Los dos mendigos se trasladaron en dirección a los gritos y encontraron a la mujer llorando de rodillas contra una pared. Momentos despues apareció un policia que estaba rondando la zona en ese momento, algunos vecinos oyeron los gritos y se asomaron por las puertas y ventanas de sus casas. El oficial interrogó a la victima, quién relató, más calmada, a los presentes lo siguiente:
-Volvía a mi casa con mi hijo, despues de pasarlo a buscar por la casa de mi madre. Venía del restaurante, en que trabajo. Se me hizo tarde, hoy los clientes se quedaron más de lo acostumbrado.
El policía iba tomando nota en un cuadernillo a una velocidad impresionante. Francisca y Julio oían atentamente. La mujer continuó entre sollozos:
-Ibamos de la mano hablando sobre como había pasado el tiempo en casa de mi madre y de repente, sin haber yo escuchado a nadie lo toman y se lo llevan. ¿Cómo voy a recuperarlo? Digame oficial. Por favor.
-Vamos a hacer todo lo posible, señora. La invito a acompañarme a la comisaría para hacer la denúncia. –respondió con calma el oficial y juntos se alejaron por una calle transversal.
Los dos mendigos se quedaron haciendo comentarios con los vecinos y concluyeron en que iban a hacer lo posible para ayudar a la pobre mujer.
Al día siguiente pasaron la mañana en la Iglesia de San Lucas y a la tarde cruzaron el río para preguntar a los habitantes de aquel barrio si sabían algo del niño robado. La mayoría de los conocidos de Francisca habían oido la noticia del secuestro pero no sabían nada sobre el paradero de la criatura robada ni de los secuestradores.
El último en ser interrogado, el dueño de una taberna de reputación sospechosa, dijo haber escuchado segmentos de una conversación entre dos hombres de aspecto criminal.
-Hablaban de secuestrar a una “criatura”. Yo pensé, estos hombres o tomaron antes de venir o no estan bien de la cabeza. Ahora todo me cierra, se referían al chiquillo. Si, querían pedir dinero a cambio, veintemil, treintamil pesos, no me acuerdo.
Los dos mendigos fueron a la puerta de la Iglesia de San Lucas y pidieron colaboración al resto de la comunidad de semejantes. La respuesta fue instantánea y unánime, acordaron ayudar a la madre a partir de ese momento.
Un muchacho, vendedor de la gaceta local, vociferaba acerca de la noticia. Por otra parte el Consejo Ádministrativo de la ciudad había divulgado que tenía planeado realizar una busqueda minuciosa por todos los rincones de la ciudad, a pesar de ser esto casí imposible, teniendo en cuenta el reducido número de oficiales que tenían en servicio.
La puerta de la Iglesia se convirtió en el centro de comando de la investigación montada precariamente, aunque con grandes posibilidades de éxito, por los mendigos. Cada uno que llegaba al lugar traía algun rumor de procedencia dudosa, pero que se escuchaba con celosa atención.
Así, se iban formando conjeturas y se proponían lineas de investigación. Los mendigos tenían una ventaja sustancial sobre el Consejo y sus oficiales: conocían el barrio pobre como ninguno de aquellos. Investigando, dieron por fin con el dato, casí seguro, de la ubicación de la guarida de los secuestradores.
Informaron inmediatamente al Consejo y este no tuvo más que rescatar al chiquillo. Así el credito fue para el Consejo. La gaceta claramente oficialista obvió por completo el papel de los mendigos. El redito pólitico fue determinante en el futuro de la ciudad.
En un acto público en la plaza de la Iglesia, el Consejo fue aplaudido frente a una mayoría de clase acomodada de esa parte de la ciudad y se pasó por alto la importancia de la ayuda de los mendigos, una vez más.
Tan solo la madre del niño, al ser visitada por Francisca y su compañero, supo como se había llegado a rescatar a su hijo. Ese día la puerta de la Iglesía de San Lucas estaba más silenciosa y desconcertada que nunca porque si bien habían ayudado a encontrar al niño, el rédito dado al consejo injustamente fue utilizado con fines póliticos poco transparentes.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)